PANTER BIOBACTER web abril 2020
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Hemos hablado de los ferreteros, de los comerciales, de las empresas, pero hay una figura que está entre todos ellos. El jefe de Ventas, si ese personaje que no siempre sabe si navega entre sus clientes, sus comerciales o los directivos de sus empresas.

Para ello he querido seleccionar una película muy importante de los años 90: Forrest Gump, una película estadounidense cómica dramática estrenada en 1994. Basada en la novela homónima del escritor Winston Groom, la película fue dirigida por Robert Zemeckis y protagonizada por Tom Hanks, Robin Wright, Gary Sinise y Sally Field. La historia describe varias décadas de la vida de Forrest Gump, un nativo de Alabama que sufre de una leve discapacidad intelectual. Ello no le impide ser testigo privilegiado, y en algunos casos actor decisivo, de muchos de los momentos más transcendentales de la historia de los Estados Unidos en la segunda mitad del siglo XX, específicamente entre 1945 y 1982.

Me explico, porque he seleccionado este film para hacer un alegato a esa figura que pocos valoran y muchos atacan. Forrest, es en un principio descartado para poder acudir a un buen colegio por ser algo retrasado. ¿Cuántos jefes de ventas no se han sentido así, porque con los cambios de los tiempos no tenían un master, o una licenciatura en algo? Pero, lo curioso es que para ser médico vas a la facultad de medicina. O para ser economista haces administración de empresas, empresariales, o cualquier otra materia especifica.  Otros para estar en un departamento de Marketing cursan sus estudios en estas meterías.

Pero no hay ninguna universidad que te prepare académica o mentalmente para este trabajo. Que tiene mucho de vocacional, ¿sino como soportarías largas jornadas de viajes, de reuniones, de esperas? No hay una diplomatura, ni una formación profesional que sea para ello. Por eso, como el pobre Forrest, se adaptó a lo que podía aprender, a lo que podía saber en ese momento. No por ello, fue tratado como diferente, como retrasado, como especial. Pero como hizo él, comenzó a correr, rompió sus hierros y salió al mundo exterior.

Como muchos han hecho, un buen día eran vendedores en una zona más o menos tranquila, pero al día siguiente, tenían a su cargo una docena de personas, casi sin saberlo. Casi sin tiempo para asimilarlo, viajando por esos mundos de Dios. Pasando horas en trenes y aeropuertos, sin pensar en las montañas de trabajo que le venían encima. Para ser como los árbitros de futbol, hagas lo que hagas siempre, te equivocas o no lo haces a gusto de todos. Ni los clientes están del todo contentos, ni los comerciales, pero mucho menos tus jefes.

Forrest salió corriendo, hacia una universidad, que le diera la oportunidad por saber correr con un balón entre sus brazos, igual que algunos pudieron optar a llevar equipos por estar en ese lugar y momento para ser elegidos. Nadie nos dio un manual de emociones a gestionar, ni de chistes a decir, ni como consolar a clientes y comerciales.
Casi sin darse cuenta Forrest pasa de un campo de fútbol americano a un campo de batalla en Vietnam. Mientras, seguía sin saber cuál era su espacio, su lugar, como a muchos jefes de ventas les pasa. Sienten que su lugar está en el campo de guerra, en la calle, junto a su equipo, que los despachos, los informes, los agobian, no les dejan respirar. Pero como hizo Forrest salvando a sus compañeros, los ha de hacer y saber llevar. En demasiadas ocasiones sin los medios, sin el personal adecuado.

Como pasa en la lucha en donde su teniente pierde las piernas, no hay ayuda, no ha personal adecuado, el enemigo es mejor, más numeroso, más preparado. ¿Cuántos no han sentido que con aquello que le han dado no es posible hacer lo que le piden?

Pero como Forest, no se desanima cuando a la primera de cambio no consigue pescar todas las gambas que quería. Ni como cuando comenzó a jugar al ping pong, para acabar siendo un gran campeón. Nadie hubiese dado un centavo por ese chico. Igual que muchos no hubiesen dado ni unos meses de gracia a muchos sin títulos, sin dotes de master que comenzaban su andadura por la universidad de la vida comercial.

Ponen toda su alma, su inteligencia emocional, en repartir sonrisas, ánimos, imaginación. Son el único nexo de unión entre comerciales, clientes, empresas. Muchas veces son los ojos y las orejas de confinados jefes o marketinianos, que no osan salir de sus atalayas sagradas, de sus despachos.

Pero como se sentía Forrest mientras corría por todo el país, en soledad, en el calor del verano, en el frio del invierno, en la penumbra de la noche. Esta especie, que no son economistas, ni licenciados en marketing o psicología, que no duermen mucho, que por raro que sean son doctores en relaciones humanas por la universidad del destino y de la gracia de haberse roto algún zapato por la lluvia.

Son ese teniente que, pese a haber perdido sus piernas sigue adelante, porque cuando te quedas sin novedades, sin stock, sin gente cualificada, que te queda sino tu coraje, tu imaginación, tu fantasía para hacer de tripas corazón y además sacarle a todos lo mejor que llevan dentro.  Eres el entrenador, el capitán, el masajista de tu equipo. Eres la última frontera entre el éxito y el abismo.

Como dice Forrest, el “tonto es el que hace tonterías”. Pero muchas de esas maravillosas tonterías son las que llevan una sonrisa a un comercial en un día malo, las que ven como ayudar a un cliente en un momento delicado. Inspiran reformas, ofertas, promociones, saben cómo defender lo que es indefendible. Son ante el cliente el departamento de compras, el de logística, el de atención al cliente, el de contabilidad. Pero igual que Forrest nunca se rinden, siempre corren hacia adelante.

Porque a pesar de todo este trabajo del demonio les gusta y lo llevan en la sangre. Aunque eso no se enseña en ningún máster, algunos un poco ‘desaventajados’ hasta triunfan en este circo de lo que se llama el mundo de las ventas.

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