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Quienes no abandonan nunca sus despachos creen saberlo todo, creen que todo es según su color, que nada les puede llevar la contraria.

Hoy nos hemos ido hasta la costa oeste de Estados Unidos, hasta San Francisco, donde se ubicaba una de las prisiones más famosas del mundo: Alcatraz. Sobre esta isla se centra la película de 1996 La Roca, dirigida por Michael Bay, con una reparto espectacular por Sean Connery, Nicolas Cage y Ed Harris.

Nos narra la historia del General de los Marines, Francis Hummel (Ed Harris), muy cansado de las injusticias que sus hombres han sufrido en los últimos años, sin reconocimiento, sin ser tenidos en cuenta, sin pensión alguna. Como reivindicación, decide apoderarse de unos misiles cargados de un gas nervioso letal llamado VX. Para llamar la atención del gobierno, asalta la prisión de alcatraz mientras unos turistas la visitan.

Pide un rescate de cien millones de dólares si quieren evitar que lance estos cohetes contra San Francisco, algo que generaría miles de muertes. Para afrontar esta grave crisis, el Gobierno recurre a un técnico del FBI, Stanley Goodspeed (Nicolas Cage), y al único hombre que se fugó de esa prisión, el exagente secreto británico del SAS John Mason (Sean Connery), encerrado sin juicio desde hace 30 años por no entregar los secretos que comprometen a muchas personas poderosas.

Tras muchos problemas, Mason accede a ayudarles, después de una gran escapada que acaba con mucha acción. 

Ambos se ven inmersos en el ataque de La Roca por parte de las fuerzas especiales de la Marina. Son los únicos supervivientes, ya que el resto del grupo es aniquilado por los asaltantes. Luchan contra todo y contra todos. Han de matar a los asaltantes para que no envíen los misiles sobre las costas de San Francisco y, a la vez, evitar que los aviones arrasen la isla con bombas incendiarias para evitar que el gas sea lanzado.

Mucha acción, mucha intriga y suspense para poder llegar a un final con éxito.

La pregunta, como siempre, es si esto tiene algo que ver esto con nuestro mercado. Y, como siempre, la respuesta es sí. La técnica, la tecnología, los avances sin freno, en ocasiones, no sirven de mucho.

Ni toda la potencia de las fuerzas armadas de Estados Unidos, ni todo su conocimiento sirve para poder llegar hasta las entrañas de La Roca. El Gobierno ha de recurrir a un viejo dinosaurio, Mason, para que les cuente sus secretos, cómo escapo de allí.

La verdad, cuántas veces nos pasa esto en nuestro sector, en vendedores dejados en el olvido, en jefes de venta que se dice que ya no sirven, o incluso en directores comerciales que ya no están en la onda o al día, según se escuche.

Pero dónde está el valor del conocimiento, de la experiencia, del conocer al sector, a los clientes, al mercado en sí. No tiene valor alguno cómo se saben desenvolver entre tanto mail, entre tanto mensajito de WhatsApp. Es cierto que hay que adaptarse, que hay que estar al día. Pero ser descartado solo por la edad no es ni lógico, ni justo, no se valora toda una vida en este negocio.

No somos justos, no tenemos el valor de afrontar retos porque dicen que somos caros, que no sabemos de las últimas tendencias por no tener máster, no, no, no.

Puede que quienes toman esas decisiones, en ocasiones sean valorados por igual, suele ser así, el que a hierro mata a hierro muere solía decir el dicho, que sí que hace justicia.

Pero no sabemos lo que ellos saben, no hay esa transición de lo que se conoce hacia lo nuevo. No queremos apostar por transmitir esos conocimientos, esa sabiduría que no hay en los libros, ni en los másteres, ni en las aulas. Lo que la calle y la vida del día a día nos enseñan.

Quienes no abandonan nunca sus despachos creen saberlo todo, creen que todo es según su color, que nada les puede llevar la contraria. La verdad, por desgracia, está ahí fuera, no engaña, no finge, no nos da la razón gratuitamente, por mucho que nos empeñemos.

Los valores más importantes de las empresas son sus clientes y sus empleados, no sus productos. Ya que, en muchos casos, a productos similares lo que da la diferencia entre las empresas son sus miembros, que aportan ese carisma.

No es el teórico Goodspeed quien consigue neutralizar a los malos, sino Mason, el veterano, el que sabe qué hacer en cada momento, en los instantes decisivos. Por ello la combinación correcta es esa, tecnología y experiencia, son lo mejor que se puede hacer.

Hay que tener fe en las cosas, en las personas. No somos buenos o malos solo por la edad que nos marca el documento de identidad o por lo que nos dicen los títulos que se cuelgan en los cuadros.

No marca solo el coeficiente intelectual, hay que decir muchas cosas de nuestro coeficiente emocional, ya que tratamos y trabajamos con personas, no con estadísticas, no solo con números, aunque algunos lo vean todo así desde sus despachos en una planta elevada.

Salir a la calle para saber qué túnel nos lleva al éxito, como los protagonistas de la película, es vital, hay que mojarse en días de lluvia para saber el valor de las cosas, el precio real del éxito.

Todos tenemos un cohete lleno de ese gas, es nuestra competencia, es nuestra incapacidad de hacer bien las cosas, por lo tanto, busquemos al mejor, al más experimentado y formado de nuestros equipos para que nuestra misión tenga éxito.

Si no, La Roca será nuestra empresa, y no podremos encontrar el túnel correcto para escapar de nuestra mediocridad.

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