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Envasar al vacio, ¿en casa? las herramientas y productos de envasado al vacio se han hecho un hueco en los últimos años en las estanterías de las grandes superficies de ferretería, y es que se trata de una gran opción a la hora de llevar una vida más sana de una manera, sencilla, práctica y útil. Mar Tomás, técnico en dietética, nos acerca a esta nueva ‘herramienta’ de ferretería.

En la actualidad comemos, y realmente comemos lo que nos sirvan sin cuestionarnos más que el sabor, la textura y la satisfacción que nos producirá dicho plato o alimento al paladar. Pero la nutrición de nuestro organismo va mucho más allá de lo que nos presentan a simple vista.

Debido al ritmo de vida que lleva la sociedad no nos paramos a prestar suficiente atención a aquello que debería ser primordial, ya que somos los que comemos. Confiamos en que el producto alimenticio que nos venden está en perfectas condiciones, y es así; ha pasado sus respectivos controles de calidad, lleva sus conservantes para evitar su temprana y real caducidad y está envasado en perfectas condiciones, o al menos, así debe ser.

En el momento en que el producto llega a nuestras manos, pasa a ser nuestra la responsabilidad de seguir conservándolo en su plena integridad. Es entonces cuando se trata de nosotros y de nuestros conocimientos para mantenerlo en buen estado, en sus plenas facultades y con su kit de nutrientes al completo, desde que lo compramos hasta que lo servimos al plato.

Para que dicho proceso sea efectivo, existen herramientas muy sencillas y útiles que nos lo ponen muy fácil. Envasar al vacío ¿es una de ellas? ¡Sí! Resulta una manera muy cómoda y segura de conservar los alimentos, hecho que evita la pérdida de nutrientes. Esto permite alargar la vida útil del producto y hace que su sabor, textura y frescura no queden alterados al mismo nivel que si se llegará a congelar el producto.

El alimento envasado no está expuesto directamente con el oxígeno un tiempo prolongado, es por eso que se evita su oxidación, en concreto la de sus nutrientes. Esa es la ventaja de mayor peso y a la que más importancia deberíamos darle, ya que hoy en día ingerimos cantidad de alimentos que no tienen ni la mitad de propiedades alimenticias que deberían aportar a nuestro organismo. Empleando dicha técnica se evita la pérdida de peso del producto de un 1 al 3%; cuando se congela, como no existe deshidratación directa sobre el alimento, los cristales de agua congelada no se forman en su interior y se evita dicha reducción.

¿Qué sucede a nivel sensorial? ¡También se gana! Como bien se ha citado antes, las propiedades organolépticas (olor, sabor, textura…) se conservan tal como en un alimento fresco, y no congelado, y eso mejora la calidad del alimento y la satisfacción de ingerir ese Producto. ¿A quién no le gusta un filete jugoso, tierno y sabroso? Incluso unas verduras al dente con todo su sabor y frescura, como si fueran recién traídas de la huerta.

Aplicando dicha técnica, sencilla, práctica y útil, se consigue una mejoría notable en los alimentos que conservamos en casa y una garantía considerable para nuestro organismo, ya que le proporcionamos alimentos con un aporte de nutrientes más elevado y con sus propiedades en buen estado. También aseguramos una buena manipulación del producto debido al envase protector que lo cubre.

En pocas palabras, esta técnica proporciona a los alimentos ingeridos en casa un incremento de su higiene y de su calidad. Invertir en nuestra salud no debería tener precio, y a la larga estos pequeños gestos aumentan dicha garantía.

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